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El amor y la incertidumbre: 5 lecciones aprendidas en un picnic

¡Vámonos de picnic!

11 de mayo, 10pm. Ya estoy lista para dormir. Hace semanas tuve la idea de hacer un picnic para conocer a algunas de las mujeres increíbles que me apoyan en este proyecto, y para que también se conozcan entre ellas; en sí, para hacer tribu. Ellas me dieron pelota, porque así de bellas son, y ahora espero a 80 chicas en el parque de Pinares, a partir de las 10am de mañana sábado. Ya preparé las actividades, ya tengo los tiempos estructurados para no durar mucho y así asegurarme de que no nos agarre la lluvia, ya tengo la ropa lista, ya sé qué voy a desayunar para que la energía me dure montones, ya oré y le entregué el día a Dios para que todo salga perfecto, ya tengo mariposas en el estómago.

12 de mayo, 5:30am. Suena la alarma. Me costó mucho dormir: toda la noche llovió muy fuerte, traduciéndose en una mezcla de ansiedad, preocupación, estrés, incredulidad, fe, emoción, amor, enojo, tristeza, derrotismo, esperanza… Abro las cortinas y veo lo imposible en mi plan: sigue lloviendo, y el cielo no da indicios de que vaya a salir el sol. Oro, y le pido a Dios que por favor -POR FAVOR- deje de llover, que sabe que esto es demasiado importante para mí, y casi en automático empiezo el día. Ahora viéndolo en retrospectiva, puedo observar que la incredulidad era la energía que me sobrecogía en ese momento. Incredulidad por la lluvia, pero incredulidad también por ver que 80 personas me tenían cariño aún sin conocerme, y se habían apuntado para venir desde el otro lado de la ciudad, incluso desde el otro lado del país, para acompañarme en este día. Era un ‘no me lo merezco’: no me merezco que llueva en este día importante, y no me merezco que me quieran tanto. Ahí estaba… Era el ego… Ese pedacito de nuestra humanidad que nos bloquea el fluir, que nos castiga, que nos llena de miedo. El Universo tenía una lección de amor para mí, definitivo.

A las 9am ya estaba en el parque, y había dejado de llover. El cielo seguía muy nublado y gris, ¡pero había dejado de llover! Llegué temprano para sentir el espacio, buscar baños (no habían 😅) y recibir a las chicas. En medio de la espera yo seguía hablando con Dios, dando gracias por el clima favorable y a la vez pidiendo al Universo que siguiera lindo, soleado, tranquilo.

 

Alegrón de burro. A las 10:20am, ya siendo un grupo numeroso en el parque, empezó a garuar. Cada. Vez. Más. Fuerte. Veía las caras de las chicas y lo que leía en ellas era: “Estef, ¡¿qué hacemos?!” ¡NO SÉ! Eso era lo que quería gritar. ¿Nos quedábamos? ¿Dios escucharía mis oraciones? ¿Confiaba y esperaba ahí a que dejara de llover? ¿Las exponía a todas a un aguacero, gripes, resfríos? ¿Cancelaba todo? ¿Cómo quedaba yo si les decía que no tenía un plan B? De repente llegó una de ellas a decirme: “Estef, cuál es el plan B?” “No tengo plan B”. Tuve que admitirlo: “No tengo plan B”… Angustia, decepción, vergüenza, enojo, estrés. ¿Por qué no me salió perfecto? ¿Por qué no soy perfecta? Más ego. Más miedo.

“La incertidumbre causa mucho de nuestro miedo. Cuando nos sentimos inseguras, tratamos de controlar nuestras experiencias lo máximo posible para sentirnos a salvo. Sin embargo, irónicamente este deseo de control no nos da seguridad. En su lugar, crea más miedo” –Gabby Bernstein

En eso una de las chicas empezó a hacer una especie de techo usando algunas sombrillas, poniéndolas en las ramas del árbol bajo el cual nos estábamos guareciendo. Todas nos pusimos a trabajar: pusimos sombrillas, mantas, lonas, todo lo que funcionara, sólo para darnos cuenta, unos minutos más tarde, de que el agua seguía filtrándose -por supuesto, el agua corría por cada sombrilla formando chorritos, y al final era igual que estar afuera bajo el aguacero.

 

Nuestro sombri-techo

Algunas chicas me ayudaron a pensar en lugares alternativos para irnos (¿el mall, el centro comercial, el parqueo bajo techo de Walmart?), pero al final, en medio de toda la presión, me decidí por mi casa -bueno, la casa de mis papás. Con un sentimiento de total fracaso llamé a mami: “Por supuesto mi amor, vengan”. Les dije a las chicas. Les compartí la dirección en el grupo de Facebook. Coordinamos que todas tuvieran transporte. Nos mojamos. Nos fuimos.

Cuando llegué a mi casa las calles estaban llenas de carros, mis papás estaban saliendo a hacer mandados, y la sala, el comedor, las escaleras, el vestíbulo, la antesala del patio… Todo repleto de gente, comida, bolsos, sombrillas, bulla. Yo sólo vi caos. Mi parte introvertida y ansiosa lo único que quería hacer era salir corriendo, encontrar un lugar silencioso y llorar, pero mi corazón dio un salto:

“Mirá la cara de todas estas mujeres preciosas que te están acompañando hoy. Está bien. Tranquila. Todo es amor”.

Respiré, y aunque me sentía súper inadecuada les agradecí la paciencia, la comprensión, la compañía. Les pedí que empezaran a compartir lo que habían llevado para comer, y les prometí que iba a hacer todo lo posible para que pudiéramos tener nuestro picnic.

 

A pesar de mi actitud externa que era positiva, divertida, controlada, en mis adentros la incertidumbre era un gigante enorme que me estaba comiendo la energía. Honestamente no tenía NI IDEA de lo que estaba haciendo, NI IDEA de lo que iba a pasar. En efecto, había perdido el control. Mis planes: se fueron con la lluvia. Estaba totalmente abrumada, como pocas veces en mi vida, y ahí me di cuenta de que el Universo estaba haciendo su parte:

“Estef, tranquila, aquí en la cochera las podemos acomodar a todas. Usted no se preocupe, nosotras vamos a mover todo, las vamos a traer en grupitos de 5 en 5 y las vamos sentando en orden, y al final volvemos a poner todo en su lugar y limpiamos. En serio, no se preocupe”.

Lloré. Lloré de alivio, de vergüenza, de estrés, de agradecimiento. Lloré escondiéndome para que nadie más me viera. Yo no había pedido ayuda, pero Dios me estaba mandando a estos dos ángeles – y luego a algunas más. En realidad, y aunque no me pareciera en ese momento, el Universo sí había escuchado mis oraciones.

 

Y bueno… A partir de ahí las cosas fluyeron. Estábamos todas hechas una melcocha, sentadas en el piso, en la humildad de un espacio para nada arreglado ni perfecto de mi casa, pero felices. Pudimos hacer las actividades que tenía planeadas -modificadas por el tiempo y espacio, pero efectivas: se conectaron almas, se liberaron bloqueos, se sanaron corazones. También las chicas con emprendimientos expusieron sus proyectos, la idea siempre fue apoyarnos y empoderarnos las unas a las otras. Aquello era un espectáculo 💗

El amor de estas chicas fue lo que me sacó de mi ansiedad y mi visión de túnel en ese momento, y también mi decisión -a duras penas, pero decisión- de disfrutar a como fuera ese tiempo tan extraordinario que estaba viviendo. Así que pasaron las horas, vinieron los abrazos, el compartir honesto, el confort de ser nosotras mismas, el alivio de encontrar gente que nos entendiera, la delicia de conectar y empezar a hacer tribu (¡vean este slideshow!).

 

 

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Las 5 lecciones del picnic que podemos aplicar en todas las áreas de nuestra vida

El nivel de incertidumbre que experimenté ese día fue sobrepasado totalmente por el nivel increíble de lecciones que me dejó toda la vivencia. O sea, valió toda la pena. Les comparto lo que aprendí, para que recuerden estos consejos cuando se encuentren en momentos de estrés, incertidumbre y presión:

 

1. No soy perfecta, puedo pedir ayuda. Si vemos toda la situación detenidamente, todo el issue acá surge de mi exigencia tan arraigada desde que era chiquimini por ser perfecta y hacerlo todo sola. Ser yo misma, pedir ayuda y aceptarla, fluir en las situaciones difíciles con humor, humildad, confianza en Dios y el Universo, y manejarme de forma relajada, hace que todo fluya. Tratar de ser perfecta y de hacerlo todo sola únicamente me pone obstáculos a mí misma para disfrutar el momento.

2. Encontrar el propósito de lo sucedido, es lo que le da sentido. Cuando repaso esos propósitos en mi mente y corazón, suenan algo como: Gracias Vida, porque esta situación me está enseñando a… ser más consciente de mí misma y transformarme, ser compasiva conmigo misma, conocerme más profundamente para amarme más profundamente, aceptarme así como soy aquí y ahora, seguir evolucionando como persona, ver más claramente mis fracturas para dejar que la luz entre, encontrar mi misión de vida, ser más gentil y noble conmigo misma y con los demás, aprender, aprender, ¡APRENDER!

3. Lo que quiero que suceda no es precisamente lo que necesito que suceda. Dios sabía que yo necesitaba aprender a confiar, a soltar el control, a fluir y a no sentirme culpable, inadecuada o avergonzada por eso. El universo sabe cómo ayudarme, lo mejor es que yo deje que haga su trabajo y repose en la certeza de que estoy a salvo.

4. Reconocer, hablar y soltar el enojo está bien. Me enojé con Dios, con el clima, conmigo por no tener un plan B. Tuve que decirle a mi corazón, a Dios, a mi mamá, a mi esposo, a gente en quien confío: “Estoy enojada”, decirlo en voz alta, llorarlo y reconocer que no le encontraba sentido a lo que había pasado. A veces esto nos es muuuy difícil por la falsa creencia de que sentirnos enojadas es negativo y que nos hace malas personas, generando culpa, tristeza, vergüenza. PARA NADA. Sentir enojo es sencillamente una señal de que somos humanas y de que estamos vivas. Se trata de sentirlo, aprender de él, darle las gracias y soltarlo.

5. Ocultar mis emociones no significa que no existen. ¡Existen, son! Las emociones son energía que traspasan nuestra alma, espíritu, mente y cuerpo. Si no las canalizamos responsablemente, se convierten en bloqueos y pueden manifestarse como enfermedades, alergias, enojos espontáneos y muchas formas más a las cuales “no les encontramos explicación lógica”. Los primeros días después del picnic estaba sin hambre, llorona, cabizbaja y enojada de la nada -honestamente, nada típico de mí. Tuve que hacer un esfuerzo consciente por ponerme atención, ir a mi corazón para tratar de entender qué estaba pasando, reconocer que me sentía así, buscar ayuda y darme el espacio para darle un propósito a toda esta situación. Esto permitió que mis emociones fluyeran y que esa energía contenida fuera liberada.

 

Gratitud

Hoy siento una inmensa gratitud por cada una de las chicas que me acompañó ese día, por la lluvia, por las emociones, por las lecciones y por poder compartir un poco de lo aprendido con ustedes que me leen. Gracias por revivir conmigo ese día tan especial (¡y tan loco!). Aquí les dejo el videito:

 

 

Por último, quiero dar un agradecimiento especial a las chicas que con sus negocios y talentos patrocinaron nuestro picnic:

🌶Pimiento Rosa por regalarnos los snacks deliciosos

🍡The Sugar House por los cakepops que usé como memento y agradecimiento

🖌The Blank Paper por las postales preciosas de Girls Support Girls

👖Be Shop Boutique por mi outfit

📸Fabi Quirós por las fotos y video

 

¡Mucho amor!
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