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Odio mi cuerpo ¡y estoy harta de hacerlo!

Odio mi cuerpo.  Así me lo enseñaron.  Y yo, tan buena estudiante, lo aprendí muy bien.

No recuerdo a los presidentes de mi país, pero recuerdo muy bien que está mal tener celulitis.  No recuerdo cómo resolver un problema de álgebra, pero sí a verme en el espejo y compararme con otras mujeres.  No recuerdo la tabla periódica, pero sí lo mal que lo pasaba en un vestido de baño.  No recuerdo ninguna ecuación de física matemática, pero sí todas las ecuaciones que me decían que mi cuerpo estaba mal.  Que no era lo que tenía que ser.  Que no satisfacía a quienes tenía que satisfacer.  Que no se veía lo perfecto que tenía que ser.

Hubo quienes lo dijeron abiertamente, personas muy cercanas, y eso marcó mis días, cada día.  Cuando me dijeron que estaba más “gruesa” -como si fuera una ofensa; que me estaba aflojando, que hiciera ejercicio, que comiera menos, que aprendiera de fulanita; que estaba desperdiciándome, que podía llegar a más, que yo podía hacerlo, que podía lograr mis sueños (sueños de tener el cuerpo perfecto, supongo…), que si bajaba de peso me iba a ver mejor; que mejor no comiera postre, que hiciera más cardio para quemar la grasa; que tenía unas proporciones lindísimas pero que tenía que comer menos para que se apreciaran bien, que fuera genuina pero tratando de verme diferente, que era hermosa pero que mejor perdiera unos kilos, que así era perfecta pero que tenía que cambiar…  ¡DECÍDANSE!

Así que yo leí lo que una chiquilla de 10, 12, 15, 17 años podía leer de esta lluvia de dobles mensajes: que yo no estaba bien, que no era suficiente simplemente con ser yo, que tenía que cambiar mi cuerpo para ser aceptada, querida, admirada, reconocida, validada, deseada -claro, porque el sueño de toda adolescente es ser perfecta, porque lo más importante en este mundo para una mujer es ser deseada, porque sólo así una puede ser feliz, porque sólo así una existe en el mundo.  Ok.  Anotado.  Voy en esas.

He odiado mi cuerpo porque ha sido mi mayor fuente de sufrimiento.  Mi más grande confusión, mi cotidiana contradicción.  Me gusto un día, al otro no soporto cómo me veo.  Cómo puedo ser tan redonda, tan flácida, tan cuadrada –claro, porque sólo hay una forma de cuerpo aceptable y deseable.  Cómo voy a tener celulitis, llantas, grasa, papada, cachetes –obvio, los cuerpos perfectos no tienen nada de eso, así nadie me va a querer.  Cómo me voy a ver tan gorda en las fotos; meta la panza, borre esa foto, no sonría para que no se le vea redonda la cara, quite la etiqueta para que nadie la vea –sí, porque ser delgada es lo que yo quiero, así la gente me va a admirar, así voy a ser feliz.  Por fin feliz.

Después de años de vivir en este martirio he decidido que estoy honestamente harta. 

Que vivir preocupada todos los días por cómo me ven los demás no es vida.  Que ver si algún hombre me mira con deseo es ridículo.  Que definirme por lo linda que soy o no soy para alguien más no tiene sentido.  Que la sociedad está enferma si seguimos pensando que sólo hay una forma de tener un cuerpo.  Que es ridículo creer que la grasa es lo peor que le puede pasar a una persona.  Que todo lo que me enseñaron en esta sociedad con respecto a mi cuerpo está mal, y jamás me va a hacer sentir como me quiero sentir -en paz.

Odio mi cuerpo, pero ¿por qué?

Mi cuerpo no está mal.  El cuerpo de las demás no está mal –flaca, musculosa, gorda, grande, alta, pequeña, con panza, sin panza, con pecas, sin pecas, con nalgas, sin nalgas, negra, blanca, blanquísima, verde oliva, amarilla, morena, lacia, colocha, ondulada…  You name it.

Nuestros cuerpos no están mal.  Lo que está mal es la idea que nos han vendido de que sólo valemos en tanto somos deseadas, y que ser deseada está ligado a sólo un tipo de cuerpo (gracias medios de comunicación, publicidad e industrias varias).  No.  Valemos porque tenemos un valor intrínseco definido porque estamos vivas, porque somos, porque existimos en este mundo.  Valemos porque somos personas, porque tenemos emociones, sentimientos, intenciones, sufrimientos, alegrías.  Valemos porque somos únicas, ¡absolutamente únicas!  Valemos porque cada una tiene algo divinamente particular que dar y una huella maravillosa que dejar.  Valemos porque tenemos una voz, una forma de pensar, una manera de expresarnos, de movernos, de cantar, de sentir, de dar, de servir, de comer, de jugar, de amar, de escribir, de crear.  Valemos porque somos una obra en evolución constante, un ente vivo, pulsante.  Valemos porque somos mujeres curiosas, inquietas, tiernas, amorosas, bondadosas, genuinas, frágiles, fuertes, divertidas, intelectuales, creativas, filosóficas, intensas, suaves.

Por favor escuchame: TU CUERPO NO ESTÁ MAL.  Está esperando que soltés de tu mente las ideas que te metieron de que no sos suficiente.  Sos una mujer valiente y hermosa en todas tus dimensiones: espiritual, emocional, física, mental.  Que tus pensamientos no te engañen.  Que la cultura no te engañe.  SOS UNA DIOSA.

Así que ¡SALUD! Salud por vos, salud por cada una de nosotras, salud por nuestros cuerpos, y salud por la Vida. 🥂

¡Mucho amor!
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